9.03.2006

El verano se desentendía de todo lo que significara su fin, hacía demasiado calor esa tarde para estar en septiembre. Era la hora de la siesta y no se movía un alma en los alrededores del teatro. Al fin y al cabo, era un pueblo tranquilo, rodeado por más campo que casas, que cobraba algo más de vida con las fiestas de esta época que volvían, incansables, cada año.

Paula se acariciaba un mechón de pelo asomada a la ventana, aburrida, mientras esperaba la llegada de los actores a quienes debía maquillar. Rutina, poco más o menos, pero rutina elegida al fin y al cabo. Quien escapa y elige su huida, poco debe quejarse.

Detrás de ella sonaron pasos. "¿Hola? ¿Se pued...?". Silencio repentino del visitante y giro rápido de ella. Caras conocidas y una sorpresa no se sabe bien si del todo agradable.

- Vaya... Qué pequeño es el mundo...
- Ehm, sí, esto... Hola Paula.
- Hola Saúl.

Paula le indicó en silencio que se sentara en el sillón mientras ella se dirigía a coger las pinturas. Saúl obedeció y, sin hacer comentario alguno, se sentó sin mirarla. Ella se situó frente a él y, bruscamente, le hizo levantar la cara. Saúl tragó saliva: estaba preciosa como siempre. Y seria como nunca.

- ¿De qué haces hoy?
- De viejo.
- Empezamos por el pelo.

La tensión y el silencio eran uno mientras Paula se inclinaba sobre él para encanecerle el pelo. Era imposible respirar sin captar el aroma de ella, que escapaba ligero de su cuerpo. "Por Dios, Paula, qué te hice...". Una cara de niña dolida le miraba sin mirarle mientras empalidecía su cara con maquillaje; las ojeras simuladas con precisión por aquellos dedos pequeños, fuertes y suaves, de uñas cortas que, sin embargo, aún sabían arañar.

- Levanta la cara. Y abre un poco los labios.
- ¿Cómo?

Mueca de fastidio. Se notaba el enfado contenido.

- Joder, Saúl, pareces idiota. ¡Así!

Un extraño gesto: a pocos centímetros de su cara, Paula dibujaba ante Saúl un rostro que sugería deseo y amargura. El ceño fruncido, los ojos entrecerrados, la boca formando una "o" con labios prominentes.

"Qué te hice..."

Y en aquel momento para Saúl se detuvo el mundo, todo dejó de importar salvo la pequeña figura que tenía cerca. La abrazó fuerte de la cintura y la besó.

Paula reaccionó de inmediato: se zafó de sus manos y le dio una bofetada con todas sus ganas. Se puso en pie, temblando de rabia y pena.

- No tienes derecho. No tienes ningún derecho a hacer esto. Ahora no...
- Lo siento.
- ¿Que lo sientes? ¡Y una mierda! ¿Pretendes que te crea? Después de tanta historia no me vengas con esas. Eres actor. ¡El Gran comediante! - Paula hizo una exagerada reverencia; Saúl tragó saliva.

- Me equivoqué, Paula. De verdad que lo siento.

Durante un instante, ella le miró en silencio.

- Mira Saúl. Parecerá un tópico, pero sabes que es verdad: lo hubiera dado todo por ti. ¡Lo estaba dando todo por ti! ¿Y por qué? Porque quería. Porque te quería. Más que a nadie. Lo único que te pedía era que fueras sincero, ¿era eso tan difícil? Si no me querías sólo tenías que decirlo. ¡Nada más! Pero no que me mintieras. Mentiras no. Tengo aguante, lo sabes, pero no pude soportar que después de tanto negarlo al final sí que estuvieras con ella. Y era tan fácil como decírmelo: yo me hubiera ido, en silencio, sin molestar...

Paula lloraba mientras su voz volvía a ser el susurro de tantos años atrás. Lloraba lo que hasta entonces había guardado envuelto en rabia.

- Lo siento...
- Déjalo.

Aquella tarde un viejo actuó sin necesidad de ser maquillado, descubriendo en sus traiciones el valor de un tesoro perdido. Y Paula quemaba a oscuras las lágrimas del dolor de años.

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Estoy trágica e inquieta. ¿Pasa algo? :P

1 comentario:

marieta dijo...

Jjajaja. Y encima sale a escena con la cara amoratada, vaya pena.
Se cierra el telón.
Un bezzzzito.