7.11.2007

La mayoría de las veces que escribo no responde a la realidad. Es imaginación, sin más, de situaciones, sensaciones o gente que no son lo que soy. La forma de lo que escribo me da igual; el significado me importa poco. Lo que cuenta es usar las palabras como vía de escape, creando una cadena de sonidos, intensidades y sentimientos irreales para formar un camino por el que, a través de los dedos y durante unos momentos, sea capaz de salir de este corazón, de este cuerpo. O entrar en aquellos que nunca seré.
Sea buscando belleza,
sea huyendo de ella.


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En dos minutos, sólo dos minutos, encontrarme contigo, deprisa, y nada más abrir la puerta lanzarme a tu boca buscando a ciegas tus brazos, a los que poder asirme, una base segura entre tanta marejada ponzoñosa que aterra mi cerebro,

rendirme, por una vez, detrás de todos los miedos, abandonar a un lado las preguntas, los remordimientos, dejar lo de arrepentirme para luego,

acurrucar el rostro en tu cuello para no ver, no ver, no ver nada de todo aquello que no quiero ver, que me sobra, que me quema la piel por no saber manejarlo, que me queda grande, como grande eres ahora que te busco para que me acojas, que tengo miedo, aún tengo miedo si en estos dos minutos no me quieres,

así que abrázame fuerte por favor no me sueltes ahora que van a ser sólo dos minutos solamente nada más, deja que me apriete fuerte contra tu cuerpo, que necesito algo real a lo que aferrarme, déjame besarte hasta que se me sequen los labios, y en ese momento te pediré que me ayudes a volver a la realidad, que me cales hasta la médula, que me ayudes a empujar este tiempo que pesa tanto, que te empapes en sudor conmigo, nos mezclemos sin pudores, sin prejuicios, como si fuera el último día en que pecar estuviera permitido,

deja que me meza suave sobre ti, anclada en la tierra de la que eres símbolo, que cierre los ojos extasiada, perdida y centrada en un único punto, en mi centro, donde quiero que estés ahora y siempre, durante estos dos únicos minutos de vida que puedo permitirme, que me permito permitirme, estando a tu lado,

porque te necesito ahora, a ti, fuera de todo tiempo y materia.

Son sólo dos minutos. Y luego, si cabe, toda la culpa.

1 comentario:

Iván dijo...

¿De verdad te merece la pena dos minutos de gloria por una vida de culpa? aunque sinceramente, nos iría mucho mejor si no pensáramos tanto las cosas, muuuucho mejor.

Besos!